—Uno...

Cada palabra que soltaba aquella voz se clavaba en mis tímpanos, me aceleraba el pulso mientras la máquina se acercaba más...


—Dos...


La luz incandescente de una especie de laboratorio o salón me cegaba e impedía ver la cara de lo que podría jurar que era un R.E. Todo estaba cubierto de paredes blancas y yo estaba en una camilla de hospital, atado de una forma que dificultaba mi respiración. Giré la cabeza y vi que había una pared hecha de cristal, a través de la que se apreciaba una plataforma de observación. Una mirada lejana me arrebató un suspiro, constriñéndome el corazón; mi cabeza palpitaba mientras me preguntaba «¿por qué yo?» y «¿valió la pena?».


—Tres... Por sus delitos contra la paz y la sagrada integridad de la Alianza, usted, señor Santos, ha sido sentenciado a la pena máxima que es capaz de otorgar nuestro ilustre Estado... —la máquina hizo una larga pausa que me hubiese parecido un acto deliberado, si solo hubiese tenido conciencia—, la muerte consciente.


Un brazo metálico salió por una escotilla camuflada en la pared a mi izquierda. La aguja más grande que hubiese visto en toda mi existencia emergió de este y se clavó en mi cuello. Mis pupilas se dilataron y todo se tornó oscuro.


—Malditos... ¡todos son unos incautos! —fue lo único que pude balbucear con una voz que rezumaba odio. Todo mi cuerpo se tensó y perdí el conocimiento.





—Tres en punto, hora de irnos —dije junto a la estación de recarga que estábamos reparando—. ¿Has terminado?


—Negativo, S-700 —dijo mientras apretaba el émbolo de la estación para bombear combustible—. Necesito ayuda —hizo una pausa y golpeó con un martillo el pie de la recámara cilíndrica—. Actualización de respuesta: afirmativo.


—Sesión de mantenimiento número 1890 finalizada —apreté en un puño mi mano robótica—. Quedan 110.


A pesar de que ninguno de los dos tenía un rostro como tal y nuestras voces sonaban monótonas, había algo más allá de mi controlador que calentaba mi sistema.


—¿Por qué no hacernos más duraderos? —D-301 se levantó y metió el martillo en una caja de herramientas cercana—. Es más barato y eficiente una máquina con mayor vida útil.


—No encuentro una respuesta a la pregunta formulada en mi CPU —hice una pausa, procesando lo que diría a continuación—. ¿Posees conocimientos de El Archivero?


—Sí, pero solo lo que he podido adquirir de las conversaciones de los guardias.


—¡Hee!, ¡ustedes, par de latas, qué hacen aquí todavía! —gritó un oficial que se acercaba—. Han tardado mucho aquí —cuando llegó a mi lado, extendió su mano y golpeó juguetonamente mi chasis metálico—. No me hagas llamar a algún ingeniero y hacer que les quiten la función de voz —dijo con aburrimiento, para luego empujarme hacia atrás.


—Comprendido, señor, nos marchamos —dijimos al unísono mientras me levantaba.


D-301 y yo pasamos a través de la puerta de salida. El lugar era una fábrica de procesamiento de combustible. Estaba todo lleno de polvo y residuos químicos esparcidos por el suelo. Caminamos por un pasillo estrecho del que asomaban tubos y algunos cables pelados hasta llegar a un ascensor.


—Continuando lo anterior, ¿qué función cumple la mención de El Archivero? —preguntó D-301.


—Si tu software está actualizado, podrás deducir la intención en aquella mención —dije y acerqué la mano a mi reflejo en el espejo del ascensor.


—Comprendo —D-301 hizo una pausa larga—. ¿Qué habría de beneficioso en ir a ese lugar?


—Propósito, pero dejando eso a un lado, nada realmente —presioné el botón de subida del ascensor—. Llevo 730 días en busca de eso.


El elevador se estremeció y empezó a subir.


—Creo que debo informar de este comportamiento a la base de datos más cercana —dijo, girando su torso 180 grados para darme la espalda.


—He analizado tus patrones de comportamiento —comenté, despegando la mano del cristal—. Sé que tú también anhelas una mejor comprensión de nuestro contexto.


—Si eso fuera cierto de forma hipotética, ¿cómo lidiar con las consecuencias de llegar a ese lugar? —dijo D-301.


—Lo único que pueden hacernos es desconectarnos —me coloqué enfrente de él—. No sufriríamos, no tenemos nada que perder.


Mi compañero androide levantó su mano, mostrándome su intercomunicador a punto de ser usado.

En ese momento, una voz lo interrumpió.


—Todos los androides son solicitados en la sala de reuniones; se requiere a todo el personal.


La voz salió de un altavoz en la esquina superior, pero pareció estar presente en cada rincón.

El ascensor se abrió de par en par.


—Mis sensores me dicen que hay por lo menos cinco androides por metro cuadrado —dije—. Aquí es donde tenemos que estar.


Todo estaba cubierto de paredes de acero inoxidable, con tenues luces LED titilantes de color azul. Justo en el centro, desde una plataforma, se encontraba un hombre con una figura imponente.

Cuando D-301 salió detrás de mí, todas las puertas circundantes se cerraron de golpe. Retrocedí lo más que pude, chocando con mi compañero; mis motores dejaron de moverse, mis sensores se debilitaron, mi visor brilló de un intenso rojo carmesí y caí de bruces, no sin antes ver que aquella figura de la plataforma me sonreía y daba la señal con los ojos.


—Hola —dijo con voz trémula—, cuánto tiempo sin verte... Marko —marcando la profundidad de ese nombre.


«¿Yo te conozco?». Me dije a mí mismo.